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Entrevista a Marianne Costa: La sombra (1/2)

La sombra, tal como la definió Carl Jung, es esa parte de nuestra personalidad que no se ajusta a la percepción que tenemos de nosotros mismos, a la imagen que queremos dar al exterior, y la desechamos con el objetivo de ser amados y aceptados por los demás. Se compone de todo aquello que hemos reprimido, por una razón u otra, pudiendo tratarse de aspectos tanto positivos como negativos de nosotros mismos. Aunque por definición es inconsciente, ello no evita que sea esa parte oculta la que maneja muchísimos aspectos de nuestra vida.

Hoy tenemos en la entrevista de Encuentra a los Otros a la polifacética Marianne Costa, escritora, artista, actriz, cantante, traductora y poeta, coautora junto a Alejandro Jodorowsky de dos best sellers introspectivos como son Metagenealogía y La Vía del Tarot. Con ella hablaremos hoy de la sombra; qué es, dónde está y qué hacer con ella.

 

Hola Marianne, muchas gracias por acompañarnos hoy. Si te parece vamos a ir directos al grano… ¿Tienes tú una sombra? ¿Hay una Marianne Oscura?

Bueno, siendo un ser humano ¡cómo no la tendría! Es la cara oscura de la luna. Todos tenemos una, por lo menos una (…) de sombra. No creo que sea algo que se pueda medir, pero yo lo definiría como el resultado de los traumas y de lo que nos hizo falta como niños. No es un tema tanto psicológico, sino es que es imposible conseguir una educación perfecta. Creo que, como cada ser humano, me he desarrollado en el vientre de mi madre como un ser que tenía una aspiración a ser todo luz y todo perfección, como la esencia de lo que puede ser un ser humano, y desde que empieza la lucha por sobrevivir; a cualquier emoción negativa de la madre, aunque sea inconsciente; a todo lo que ella pueda absorber de comida que no sea tan buena; al resultado de los choques emocionales, que siempre va a tener. Por ejemplo, en mi caso ¿te interesa que te hable sobre mi gestación?

 

Por supuesto, me interesa mucho.

Es raro, porque es algo que sabía y lo volví a hablar con mi padre hace como… tres semanas. Mi papá y mamá eran unos jóvenes, tenían ella 22 y él 23, y estaban viviendo en una ciudad aburridísima a una hora de París, a finales de los años sesenta, esa sociedad burguesa tremenda. Y eran los dos únicos que tenían algo de original. No tenían nada por lo que quedarse juntos toda la vida, de hecho se separaron cuando yo tenía 16 años, porque eran muy diferentes. Pero lo que tenían en común era no aguantar ese mundo aburrido. Y bueno, se enamoraron, y en un momento dado se fueron de vacaciones a Córcega, y lo que tenía que pasar, pasó. Es decir que, en julio, probablemente alrededor del 14 de julio, la fiesta nacional, me concibieron. Entonces, cuando mi madre volvió, y al mes y medio se dio cuenta de que estaba embarazada, ella fue a ver a su papá, que era un muy culto director de liceo, muy católico, que tenía seis hijos. Mi abuelo conocía muy bien a mi padre, era toda una pequeña sociedad, no había ningún problema, se iban a casar… pero el hecho de que su hija se hubiera quedado encinta —bueno, que hubiera tenido sexo antes del matrimonio— para él era una tragedia. Cuando se lo anunció, le dio una cachetada muy fuerte en la cara. Ella, llorando, le dijo: “Pero papá, somos felices”. Y el le contestó esa frase increíble, porque era un hombre sobrio, que medía todas sus palabras, que nunca decía nada fuerte, le dijo: “Los perros también están felices”. Es evidente que un evento como ese —aunque yo medía en esta época ¿5 cm de largo?, que parecía un camarón más que un ser humano…— impacta. La sombra se empieza a construir desde la sombra de la matriz. Y que este sentimiento de ser rechazado, de no ser querido, es uno de los aspectos que puede tener la sombra.

La sombra se resume en muy poquitas palabras, en realidad. Es el “no me quieren”, “nunca me van a amar”… Son esos choques que después se cristalizan como creencias. El “no vale la pena”, el “ya está jugado y ya perdí”… Son creencias que están muy profundamente arraigadas dentro de un ser humano. Si las resumes en pocas palabras parecen demasiado simplonas, por lo universales que son. Pero empieza allí, para cada uno de nosotros. En el feto se graba el choque emocional de la jovencita enamorada, feliz, en realidad, de estar embarazada, que recibe la cachetada paterna, y de cierta manera oscura se imprimen las palabras paternas. En mi caso, por ejemplo, toda la vida, desde que nací, mi Yo de la luz, del que habla Jung, que es el Yo al que nos queremos identificar para ser amados, quiso ser un Yo inteligente, porque el abuelo era un profesor y un director de colegio y de instituto. Entonces ¡a los ocho meses empecé a hablar! Al año yo sabía distinguir en francés si tenía que decir “tú” o “usted”.

 

Eso solo se puede explicar si realmente es lo que decías, la afectación es en la gestación ya.

Claro, y también pasando a través del trauma de mi madre. “Este hijo/a no es querido por mi padre”, entonces mi madre me impuso inconscientemente la orden de ser alguien con mucha inteligencia, digamos, racional o reconocida por la escuela. Y lo logró, lo logró muy fuertemente. ¿Qué produce eso? Que todo lo que es el potencial del ser humano que no es esa parte tan querida, que es la parte de reparación inconsciente, se convierte en mi sombra. Es decir, que mi talento es mi sombra. Mi cuerpo, mucho tiempo fue mi sombra. En mi caso no fue tanto la sexualidad, porque por otras razones —como nací en los setenta, crecí en los setenta, donde la sexualidad estaba bien valorada en la sociedad donde yo vivía— no me afectó mucho en términos del gozar sexual, no me inhibió sexualmente; tuve bastante suerte en ese sentido. Pero por ejemplo, el sentir del cuerpo, escuchar el sentir del cuerpo, escuchar “tengo frío”, escuchar “ya no tengo hambre, no quiero terminar este plato”, era muy culpado, porque la razón sobrepasó mucho al sentir.

 

Muy interesante. Quizá para aclarar un poco los términos, como decíamos, la “sombra” es un término junguiano, pero en otros contextos le damos nombres diferentes: el diablo o los demonios, el lado oscuro, y por ejemplo en el caso de la metagenealogía ¿los “nudos” serían otra forma de hablar de la sombra?

Sí, los nudos son los núcleos que dan a luz a los nudos, son la sombra que todos compartimos. Una de las cosas que es bastante original en la teoría del árbol genealógico, como la desarrollamos, es la definición de los núcleos en el niño o la niña: son como aspectos más allá de la moral o más allá de lo que va a ser el ser adulto, que el niño necesita explorar para poder encontrar su forma adulta. Hay que entender que un niño es un proyecto, y un niño es un conjunto de potencialidades que tienen que encontrar su justo desarrollo. Por ejemplo, tomas el tema muy sencillo de la capacidad que tenemos todos de tener un talento artístico. En realidad, cada ser humano tiene la posibilidad de tener un talento artístico, pero para unos va a ser más un talento musical, para otros va a ser más un talento poético, para otros va a ser un talento plástico, de dibujar o de ver formas. Es un poco lo mismo con la psique. Es decir, que todos tenemos que explorar aspectos que después se van a cerrar por la moral, por la convivencia entre seres humanos, por la historia de la humanidad… para definir qué tipo de adulto vamos a ser.

Esos nudos son, por ejemplo, lo que llamamos primero el núcleo incestuoso. Es decir, que un niño o una niña, espontáneamente, naturalmente y positivamente se va a criar dentro de la familia y todo se va a desarrollar con respecto a papá y mamá, sea la sexualidad, sea el amor, sea el lenguaje, todo eso va a tener un aspecto incestuoso. Es decir, no incestuoso en el sentido de hacer el amor con papá o mamá, sino que haya una posibilidad de que papá o mamá sean la referencia. Obviamente, es imposible dentro de la sociedad humana mantener lazos incestuosos, sobre todo en términos sexuales, antes que nada porque eso echa a perder la diversidad genética. Pero tenemos que entender que el niño o la niña, legítimamente, de la misma forma que habla el idioma materno o paterno, de la misma forma que come la comida materna o paterna, desarrolla su capacidad de amar y de desear desde un punto de vista incestuoso. La cosa es que si eso no está acompañado de consciencia, por parte de los padres, entonces sí se convierte o en una obligación o en una vergüenza. Es decir que, o te avergüenzan por haber querido a tu padre —lo que a los cuatro años de edad es absolutamente normal: querer casarse con papá—, o te privan del contacto cariñoso con el padre y te crean un hueco. Lo que fue la necesidad de la niña, de sentirse amada por el padre, se convierte en el deseo de la mujer adulta, que va a ir buscando hombres que se parezcan a su padre, y en realidad inconscientemente estará deseando hacer el amor directamente con su padre. Deseo que no sé si hay que realizarlo o no, eso es un debate muy amplio, y sé que recientemente hubo toda una polémica con lo de Jodorowsky…

 

Sí, lo sabemos…

Yo no estoy tan de acuerdo con esta rama del trabajo dicho jodorowskiano que ahora dice “Afirmación número 1: en un abuso, nuestro deseo queda enganchado”. Esto es real, pero pasan a decir “Hay que ‘reactuar’ el abuso para recuperar el deseo”. Pero no. Porque es como decir “me robaron dándome de cachetadas en la cara, me robaron un anillo, ahí se quedó enganchada mi alegría de vivir. Me tienen que volver a robar algo y volver a darme de cachetadas para que recupere la alegría de vivir”. No creo que sea justamente así. Creo que lo que pasa con el niño o la niña es que hay que enseñarle los límites a la vez que estar en contacto con su soberanía. Los límites son básicamente lo que le da la capacidad de vivir con los demás. Cuando los límites están impuestos injustamente, empezamos a tener ese aspecto de la sombra que definía Jung, es decir, que el niño o la niña se siente culpable de ser lo que él o ella es. Un ejemplo muy sencillo: si has visto a bebés jugando en la playa. Un bebé que descubre las olas en la playa, imagínate el nivel de decibelios de sus chillidos. La alegría de un niño o de una niña hace mucho ruido. Yo me acuerdo de esos primeros encuentros con el mar, y de estar chillando con una fuerza intensa. Pero los padres llegan y te dicen “¡Shh! ¡Shh! ¡Cállate, cállate!”, o te dicen “¡Ojo, ojo! ¡Que te vas a hacer daño!”. Te quitan la intensidad de la alegría. Entonces cada vez que se te va a manifestar cierto nivel de alegría, la vas a reprimir. Y eso también es la sombra. Eso es lo que produce mucha represión erótica, represión creativa, etc.

Y por otro lado, por ejemplo yo no tengo hijos pero tengo sobrinos, y los amo y los educo un montón. La sobrinita no quería dormir, y no quería, y no quería, y estaba verdaderamente molestando. Entonces ¿cómo lo haces para dejarle la soberanía de que le duele irse a dormir? Hay que reconocerle que le duele, y que no quiere. Y acompañarla en que “ya llegó el momento” y va a tener que encontrar una manera de calmarse y de dormir. En general lo que pasa es que, o no le dan límites al niño a la niña, lo que produce mucho sufrimiento, o le quitan la soberanía de sentir que le duele. Te doy un ejemplo: en mi caso, me obligaban a hacer la siesta. Y nunca me daba sueño. Entonces, la siesta era un momento de estar encerrada, aburrida, y de sentirme no querida. ¿Ves tú? Es tremendo, porque eso puede producir que tengas depresiones por la tarde, que te llegue una ola de depresión cada tarde. Pero si me hubieran dicho: “Mira, niña, no es siesta: es un tiempo de calma. Te vas a quedar así 30 minutos porque nosotros necesitamos dormir. Pero te vamos a dar un juguete y vas a jugar con calma, sin hacer ruido”. Hubiera sido diferente. Cuando te quitan la soberanía te imprimen una falta de confianza en tu propio sentir. Y eso te lleva a la depresión y a la falta de amor a ti mismo, porque para amarte a ti mismo o a ti misma tienes que poder sentirte a ti mismo o a ti misma.

 

Lo que comentabas de la alegría jugando con el agua, como niños, eso que se va a la sombra y se manifiesta fuera como depresión, implica que la sombra contiene aspectos positivos, y en introspección descubrir la sombra puede implicar un aumento de energía y de felicidad en general… que quizá se piensa que ir a por los demonios es como ir a tocar la depresión, la violencia, lo negativo, y a veces hay cosas positivas ahí también.

Absolutamente, no a veces. Hay una estructura que me encanta, que no es de nuestra cultura, es del taoísmo, y que para mí explica muchísimo. Los taoístas dicen que existen nueve dimensiones de la realidad. La “sin dimensión” es el punto. La primera dimensión la conocemos, es la línea. Cuando entramos en dos dimensiones es el plano: cuando escribes en una hoja de papel o miras una pantalla de ordenador, estás viendo un mundo en dos dimensiones. La tercera dimensión implica el volumen, el 3D, y justamente implica la resonancia y el sentir, porque el primer volumen está en el cuerpo, en la sensación del volumen del cuerpo. La cuarta dimensión es el tiempo, eso ya la conocemos. Lo que es muy interesante es que los taoístas dicen que la quinta dimensión es el espacio sin tiempo, que en el libro La vía del tarot hemos definido también como el espacio del trance, que es el espacio donde contactas con lo que podríamos llamar el despertar; el momento de fascinación por la belleza; el momento donde te enamoras; donde desaparece el tiempo. Pero después de la quinta dimensión, los taoístas te hablan de una sexta dimensión, que es como la puerta o umbral para llegar a la séptima, que es la de la inmortalidad, lo que nosotros llamaríamos los ángeles, los maestros o el despertar estable —la iluminación estable—. La sexta dimensión es la dimensión de lo que ellos llaman los fantasmas, o demonios, que para nosotros sería la de la sombra. Es decir, que cuando tocas esa dimensión que está más allá del tiempo, que es la dimensión de la verdad, justo al lado está la sombra. No es solo la sombra mía, o la tuya; que me dolió tal cosa; que un día mi mamá me pegó una cachetada y me dejó con un miedo o con una violencia; o que una vez me violó un tío —no me pasó a mí, pero le ha pasado a mucha gente que conocí— y que te quedas ahí enganchado con tu propia sombra; sino que cada vez que conecto con mi sombra en realidad conecto con la sombra de la humanidad, que es esa sexta dimensión.

Cuando ves las historias de todos los santos, que se pusieron a meditar en una cueva, la historia de Teresa de Ávila, por ejemplo, te das cuenta que todos tuvieron que tocar la sombra para llegar a un estado de contacto constante con la divinidad, es decir, con la verdad, con la felicidad, con el amor sin contrario de odio. Hay una cita de Teresa de Ávila, que no la conozco en español, pero es increíble. La mujer le estaba hablando a los conquistadores, que imagínate, en la época se iban a robar el oro a las Américas para el reino de España, y eran los absolutos héroes de la época. Y Teresa de Ávila les dice “¡Conquistadores, oh héroes de nuestro tiempo contemporáneo! Yo al precio de esfuerzos mayores que los suyos, encontré un reino más durable”. Básicamente “si tienen los huevos, síganme a este reino”. Teresa de Ávila tenía los ovarios tan puestos —y más que los ovarios, porque estaba una con dios, imagínate— como para decirles a los peludos que iban a cruzar el océano y a pasear: “Yo me conecté con la sombra, y la sombra es mucho más intensa que todo lo que ustedes van a hacer allí, matando a la gente, arriesgando su vida”, que todavía está en la cuarta dimensión, digamos, en la dimensión del tiempo, donde se trata de vencer a los indígenas e ir a buscar un tesoro. “Yo vencí la sexta dimensión, si ustedes creen que tienen valentía y que saben lo que es encontrarse con lo más tremendo, vengan a buscar el reino que yo les ofrezco”. Es una cosa, en el fondo, de un feminismo increíble, porque ella les está diciendo que la vida interior, la vida contemplativa, es enfrentarse con lo más tremendo, porque en el fondo de la sombra está el miedo fundamental, el miedo a disolver la humanidad, a morir antes de morir, y a encontrar la felicidad duradera.

 

Muy bien, pues vamos a bajar un poquito a la tierra, y te voy a preguntar…

(Risas) ¡Es muy terrenal, eh!

 

(Risas) Sí, sí, claro,  pero bueno…

Santa Teresa estaba levitando en la cocina de su monasterio, estaba con la sartén en la mano levitando, es una maravilla…
…pero te voy a preguntar, en tu vida cotidiana, cómo haces tú para reconocer la sombra, y qué consejo darías en nuestro día a día para reconocer cuándo estamos actuando bajo la influencia de la sombra.

(continuará)

 

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